Mi Botoncito del Placer

Proviene del griego kleitoris ‘pequeña elevación’, procedente del verbo klinein ‘inclinarse’, que también está en el origen de clínica (v. clínico*). A pesar de la milenaria antigüedad del término, no es casual que el primer registro en castellano date del siglo XVIII, en el diccionario de Esteban de Terreros. Durante los diez siglos que duró la Edad Media y, probablemente, durante algunos más en la llamada época moderna, la cultura árabejudeocristiana ocultó la existencia de esta parte de la anatomía femenina por su vinculación con el placer sexual, considerado un pecado, puesto que el sexo debía servir sólo para la procreación. Sin embargo, la literatura medieval y la abundante documentación histórica disponible sobre el tema nos enseñan que la naturaleza ha sido indomable en todas las épocas y que la sabiduría de los doctores de la Iglesia nunca llegó a acallar los suspiros de placer, que podían oírse en las noches del Medioevo como en todos los tiempos. En su novela El anatomista, el escritor argentino Federico Andahazi cuenta la historia de Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento que no por azar lleva el mismo apellido del Descubridor. El personaje se enamoró perdidamente de una prostituta veneciana y, buscando una pócima que le permitiera conquistar su amor, acabó por descubrir la existencia del clítoris. (http://www.elcastellano.org/palabra/cl%C3%ADtoris)

Y ya que clítoris tiene raíz griega le dejaré a Afrodita el placer de usar esa palabra más abiertamente. Cabe aclarara que la fascinación por mi clítoris fue mucho antes que mi fascinación por el sexo masculino, por tanto lo que viene a continuación fue por decirlo así el «prefacio de Saturno». 

Lo descubrí temprano a los 6 tal vez, fue mi propia exploración personal la que lo encontró y la que se deleitó en algún momento rozandolo, estoy haciendo memoria … sentía que era una herida abierta, una protuberancia en carne viva, una puerta mística a un mundo doloroso, dolorosamente cautivador, candente y emocionante.

Cuando veía bebitas a las que les cambiaban el pañal me causaba curiosidad que estuviera tan escondido dentro de los pliegues de sus infantiles vaginas, incluso llegué a creer que solo yo lo poseía, el mio mas bien parecía una mueca, una lengua afuera, porque era tan rojito, tan mío, tan pícaro y tan rebelde, sin duda rompía el molde de lo conocido hasta mis tiernos 7 u 8 años.

Recuerdo hacer conciencia de su presencia en varios momento del día a día  bien fuera contemplándolo en el baño o rozándolo por encima de mi ropa. Le preguntaba: ¿qué eres? y ¿qué haces aquí? a parte de despertarme una curiosidad loca en una parte de mi cuerpo que debe estar cubierta por sus panties las 23,5 horas del día, excepto para tomar la ducha diaria en la mañanas o para ir al baño . Ahí estabas frutilla silvestre, pedacito de carne fresca, eras testigo mudo de mi vida y participabas tímidamente en actividades como saborear el morbo de ver escenas de besos ardientes en  TV, empezaste a manifestarte suavecito, casi inaudible … y un buen día, ¡despertaste a gritos! cuando viste la escena de una garota bailando en Rio de Janeiro. Algo me dijo que ella solo podía bailar así porque estaba conectada con su propio botoncito para lograr que los hombres, incluidos mis tíos y primos que también veían la nota corresponsal del noticiero en el carnaval de Río quedaran con esas caras de idiotas viendo a la bailarina en cuestión, mientras mi abuelita abría los ojos y decía entre dientes “viejas impúdicas» y se paseaba por en frente del TV para atajar la ráfaga de sexualidad que estaba emanando de tremenda imagen. Mi conclusión inequívoca esa noche fue que definitivamente había que establecer una relación especial con él botoncito para aprender a danzar … y ya ¡nada volvió a ser igual en mi existencia!.

Aquella noche explore por primera vez  mi sexualidad, sola, aquí no hubo nada forzado, ni perversiones de nadie, diferentes a las propias, venidas quizás de mis ancestros.  Yo misma me baje los panties en un sitio diferente al cuarto de baño , en mi cama, y ayudada por la textura de alguno de mis muñecos de peluche me di a la tarea de reclamarlo, de acosarlo y de sentir hasta dónde era capaz de llegar, al principio ardia, luego sentí una cosquilla, más tarde un espasmo y finalmente hubo un orgasmo que me dejó perpleja pensando “acabo de traicionar a mi madre, Dios debe tener cara de reproche en este mismo instante» fue placentero pero también experimenté algo que si no era depresión se le parecía un montón. 

Me evadí durante días, en realidad me condene por haber accionado el botón desconocido, pero cuando se prueba una droga tan potente inevitablemente se vuelve a ella, asi que termine reincidiendo y cada vez con  mayor frecuencia, probando todas las texturas que podía: algodón, seda, mis dedos secos, mis dedos húmedos… igual la culpa posterior al clímax me acompañó durante años.

Luego cuando mi hermana estaba estudiando comportamiento y salud supe que mi “vicio” tenía un nombre y que además se decía que quitaba energías a quienes lo consumían e incluso podía dejarlos tarados, que era un comportamiento malsano y vil y volví a la depresión, ¿en que momento me había vuelto una delincuente? ¿En qué momento había deshonrado mi hogar y mi cuerpo?  ¿En qué momento dejaría de ser una dura para las matemáticas y empezaría a verme demacrada, estúpida y con apariencia de zombie?, ¡De razón era tan flaca!, ¡de razón mis senos eran tan pequeños!. Además, era un comportamiento predominantemente varonil, ¿será que en el fondo era un hombre y no lo sabía ? Todo en mi vida cobró el sentido de la culpa y la condena.

Pero un buen día, después de haber perdido la inocencia y saber de oídas de que se trataba el sexo dije como la canción “If it makes me happy, it shouldn’t be that bad” y me dedique al exorcismo: cada vez que hacía uso de mi botoncillo me inducía a pensar “no pasa nada, es mio, no de mi mamá, Dios debe estar ocupado en asuntos más importantes como la guerra fría o la hambruna en áfrica, así que que verme tocarme no es relevante para el todopoderoso, me siento feliz” y si que soy feliz sintiéndolo, tocándolo, sabiendo cómo lo sé  ahora que está diseñado para el placer, que es un regalo del mismísimo eros y que ahora lo están investigando a fondo y que realmente es un órgano que tiene hasta alas. 

El mío es único, es objeto de estudio constante para mi también, ahí tengo ubicada mi intuición y como mi gato me dice que o quien me hace daño y quien o que me hace bien. Y si Dios me lo puso le agradezco la ingeniería, en serio, ¡severa tecnología digital! Amo ser mujer gracias a él. 

Yo y mi botoncito del placer (asistente de redacción) estamos felices de escribir esto y dejarlo aquí para ustedes diosas, dioses y todo aquel que disfrute de leer algo tan mundano y tan real pero también divino. 

Besos a todos especialmente a Neptuno donde sea que te encuentres.

Venus 

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